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El retrato de Dorian Gray o la ética del pecado

Una entrevista con Enrique Serna

  • La conciencia de Dorian es el teatro donde el deseo de gozar y el terror medieval libran una guerra a muerte

  • La sociedad condenó la novela por haber visto en ella un reflejo de sus propias fantasías inconfesables

 Un catecismo de la transgresión, esa puede ser la frase definitoria del Retrato de Dorian Gray, una novela asentada en la idea del pecado como necesidad social, aparecida en el contexto de una sociedad puritana que castigó la diferencia en aras del aburguesamiento de la moral, explicó en entrevista el escritor Enrique Serna (E.S) premio Mazatlán de Literatura, novelista, coordinador del Centro Cultural Nueva Era en Cuernavaca, Morelos, y prologuista en Editores Mexicanos Unidos (EMU).

E.S.: Sin duda, esta novela, el primer gran éxito de Oscar Fingall  O’Flarthie Wills Wilde, tuvo un carácter subversivo entre la sociedad victoriana. Supuso una revuelta existencial contra los valores predominantes de una época caracterizada por la hipocresía y la represión, hostil a cualquier idea libertaria, donde los conceptos éticos plasmados por Wilde inevitablemente despertaron recelos.

EMU: Más allá de su obra, la propia figura de Wilde provocaba rechazo en su época.

E.S.: Sus biógrafos lo retratan como una figura desafiante, que llamaba la atención tanto por su personalidad e ideas, como por su indumentaria. A pesar de que en 1885 se casó con Constanza Mary Lloyd, hija de una familia acomodada, con el doble propósito de ser aceptado en la sociedad londinense y ajustarse a los convencionalismos, siempre llevó la vida de un dandy, es decir de un esteta con modales refinados, cuya elegancia provocaba.

El dandismo de Wilde tuvo siempre un carácter subversivo. A los teatros, cenas y clubs se presentaba con chaqueta de terciopelo, calzón corto, camisa de cuello a lo Byron con puños de encaje, medias de seda y zapatos escotados de charol con hebillas de plata. Era frecuente, también, el uso de una chalina carmesí, un clavel verde en el ojal y un sombrero blando de ala ancha, bajo el cual sobresalían sus largos cabellos. Un atuendo a la par llamativo y arcaizante.

Su conducta pública ─al igual que la de los dandys franceses─ dejaba entrever que en materia de sexualidad no aceptaba ninguna prohibición social. Aun antes de haber conquistado la fama como escritor, Wilde ya era tema de caricaturas y sainetes mordaces.

EMU: ¿De dónde tomó el escritor esta actitud desafiante y ese sentido de la moralidad?

E.S.: Si bien el padre del novelista, William Wilde, fue un reconocido intelectual de su tiempo (eminencia médica, oculista de la reina Victoria y escritor), la mayor influencia para Oscar fue su madre, Jane Francesca Elgee, quien hizo carrera en el mundo de las letras bajo el seudónimo de Speranza. Ella no sólo fue una activa opositora de la dominación británica a Irlanda, sino también de cualquier forma de opresión moral.

Al joven Wilde lo educó bajo la idea de que lo único por lo que valía la pena vivir era el pecado, un concepto “respetable y elevadamente poético”. Esta influencia es evidente en el ensayo político de Wilde, El alma del hombre bajo el socialismo, donde afirma que el pecado es un elemento básico del progreso, ya que enriquece las experiencias de la vida humana. El pecado, asegura, nos salva de la monotonía y, a diferencia de la continencia que reprime al ser, lo expresa. El pecado, desde esta óptica, es una experiencia rica que demuestra una sensibilidad más fina y un nuevo modo de pensar.  

EMU: Entonces esa propensión al desafío y a la “inmoralidad” es atribuible a su madre.

E.S.: Es una parte importante, pero existen otros factores en la biografía del autor que coadyuvaron en su personalidad. Tras graduarse del Trinity College de Dublín obtuvo una beca para estudiar letras clásicas en el Magdalen College de Oxford, donde tuvo como maestros a Walter Pater y John Rushkin, dos escritores que ejercieron una influencia decisiva en su formación intelectual y en el desarrollo de su credo estético.

Además, a los 20 años hizo un viaje por Italia y Grecia para completar sus estudios de cultura grecolatina, lo que lo convirtió en un ferviente admirador del modo de vida helénico. Al proponerse adaptarlo a la época contemporánea, desafió los valores de la moral judeocristiana.

Debemos decir, asimismo, que en Oxford no sólo probó los placeres intelectuales, aquí también descubrió el amor homosexual.

EMU: ¿De dónde salió El retrato de Dorian Gray?

E.S.: Recién llegado a Londres, publicó en edición de autor una colección de poemas, bien aceptados en los círculos intelectuales de la metrópoli. Pero el éxito llegó con la obra que analizamos, una novela corta que escribió en 1891 por encargo de la revista estadounidense Lippincott’s Montly Magazine. Según los editores, el autor la escribió en 15 días y luego le fue agregando capítulos para perfilar mejor a los personajes.

EMU: Ha mencionado los hechos que formaron la particular visión de Wilde sobre la moral, ¿qué tanto se refleja esto en la novela?

E.S.: Sabemos que los personajes principales son Dorian Grey y su preceptor cínico lord Henry, un alter ego del escritor, que incluso llega a afirmar que “conciencia y cobardía son la misma cosa”. Ambos son caballeros de la alta sociedad que han antepuesto el hedonismo y el placer estético a cualquier valor moral.

            Si nos atenemos a su contenido doctrinal, la novela puede ser vista como un texto de tesis epicurista. Lord Henry expone la idea rectora del libro en su primera charla con Dorian: “Creo que si un hombre viviera su vida plena y cabalmente, y diera forma a cada sentimiento y realidad a cada sueño, el mundo recibiría tal impulso fresco de alegría, que olvidaríamos todas las enfermedades del medievalismo.”

            Desde cierto punto de vista, la obra es un evangelio decadentista, en el que a cambio de juventud y placeres sin fin, el protagonista llega al juramento fáustico que sella su destino: “Si fuera yo quien permaneciera siempre joven y el retrato el que envejeciese… Por esto lo daría todo. ¡Daría hasta mi alma.”

EMU: Sin embargo podríamos pensar que el final que le da Wilde a su personaje expresa cierto arrepentimiento y reivindicación del comportamiento moral.

E.S.: El juramento con el que Dorian vende el alma al diablo y sus efectos mágicos sobre el retrato vinculan la narración con el género gótico, que hunde sus raíces en la Edad Media, la época donde los fantasmas del miedo y la culpa revistieron las formas sobrenaturales más terroríficas. La conciencia de Dorian es el teatro donde el deseo de gozar y el terror medieval libran una guerra a muerte que hacen oscilar la novela entre la comedia mundana y el cuento de horror.

El desenlace de la historia induce a pensar que, en el fondo, Wilde era un hombre atormentado por la culpa; la propia vida del autor confirma esa conjetura, pues todos los biógrafos coinciden en afirmar que durante su pleito legal con el marqués de Queensberry, el padre de su joven amante lord Alfred Douglas, Wilde adoptó desde el principio una actitud fatalista, como si deseara recibir un castigo.

Esa conducta lo llevó a la ruina social, pues a resultas del juicio perdió la potestad de sus hijos y fue recluido durante tres años en la cárcel de Reading.

Como lord Henry, el escritor creía que la bondad es la armonía consigo mismo, pero tanto él como Dorian necesitaban la expiación para alcanzarla, por haber elegido “el terrible placer de una doble vida”.

Es necesario mencionar que no obstante al castigo de Dorian ─que puede interpretarse como un acto de justicia poética─ la virtuosa sociedad victoriana no se conformó con ese final moralizante y el Daily Chronicle tachó a la novela de “venenosa”.

EMU: En este caso, la censura favoreció la difusión de la novela.

E.S.: La censura contribuyó a incrementar su poder sugestivo. La moral pública de la época no le hubiera permitido a Wilde hacer una descripción explícita de los pecados de Dorian, estos sólo son sugeridos. Gracias a este velo encubridor, se logró estimular al máximo el morbo de sus detractores, que tal vez condenaron la novela por haber visto en ella un reflejo de sus propias fantasías inconfesables.

EMU: Por último, ¿por qué El retrato de Dorian Gray es considerado una de las obras maestras de la literatura universal?

E.S.: Como todas las grandes obras, no tiene un solo significado. Esta novela sobre el vértigo de la libertad y el temor de ejercerla, también es una metáfora sobre los deleites y los peligros de moldear el carácter ajeno. Lord Henry parece actuar movido más por la voluntad de poder que por la amistad, y cada uno de sus esfuerzos está encaminado a someter el alma del joven. Dorian se propone actuar a contrapelo de los gustos comunes en todos los órdenes de la vida, pero su creciente sensación de vacío parece indicar que su extravagancia no lo convierte en el individuo libre soñado por lord Henry, sino más bien en el juguete de una inteligencia superior.

            Con el asesinato del pintor del retrato, Basil Hallward, Dorian parece resignado a ser una réplica de otro, por lo que, en un acto suicida, destruye la creación y al amor, los dos únicos actos de verdadera originalidad.

Más que un personaje memorable, Dorian Gray ya es un arquetipo inmortal, como Edipo, El Quijote, Frankenstein o Emma Bovary. La idolatría de la juventud y la frívola negación de la muerte en las sociedades contemporáneas demuestran que Wilde se anticipó a su época y entrevió las patologías psicológicas de la nuestra. Para bien o para mal, vivimos entre millones de adolescentes eternos: hedonistas, desencantados, insensibles al dolor ajeno, que se comportan como si el alma fuera un estorbo y la vida un aparador.

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