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El Periquillo Sarniento, de la sátira a la educación moral

El Periquillo Sarniento, de la sátira a la educación moral

Entrevista a Rosa Beltrán

  • El Periquillo aporta a las letras un elemento fundamental: el rescate del lenguaje popular
  • Lo que verdaderamente importaba al escritor eran las posibilidades de participación del criollo de clase media en la vida nacional

Pedro, mejor conocido como “periquillo”, porque nunca paraba de hablar, y como “sarniento”, porque cuando era niño contrajo sarna, nos cuenta su vida y obra, en la primera novela publicada en Hispanoamérica, El Periquillo Sarniento, de José Joaquín Fernández de Lizardi.

Aparecida en tres volúmenes sucesivos en 1816 y en un cuarto, luego de la muerte del autor, esta obra narrativa otorgó a México el mérito de ser la cuna de la pujante novelística de América Latina, comentó Rosa Beltrán, doctora en Literatura Comparada por la Universidad de California, Los Ángeles, catedrática de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), novelista, cuentista, ensayista, colaboradora en diversos suplementos culturales y, actualmente, directora de Literatura de la Coordinación de Difusión Cultural de la UNAM.

Editores Mexicanos Unidos (EMU): En términos históricos, ¿por qué se considera relevante la publicación de este libro?

Rosa Beltrán (R.B.): Antes de esta obra, las novelas estaban proscritas en América. Los decretos reales prohibían las llamadas “historias fingidas”, salvo en los casos de textos de contenido religioso. Además, los libros escritos en el continente debían ser aprobados por las autoridades coloniales, que durante tres siglos impidieron el desarrollo del género novelístico.

No obstante, debemos aclarar que algunos libros fueron construyendo paulatinamente la base de despegue de la novela hispanoamericana. Se trataba, en rigor, de bosquejos que no llegaban a ser novelas, pero que pueden ser considerados antecedentes de género. Siglo de oro en las selvas de Erifile, escrita en México hacia 1585-1590 por el hispano-mexicano Bernardo de Balbuena, es el primer exponente de esa tendencia, que alcanzaría notable incremento en los años posteriores.

EMU: ¿La obra de Fernández de Lizardi es heredera de la tradición literaria española?

R.B.: La novela reitera, recoge y adapta las características de la literatura picaresca española. El autor utiliza el relato en primera persona, hay una proliferación de aventuras y de personajes arquetípicos que sirven para describir las características de ciertos grupos sociales.

No obstante, en términos ideológicos, la novela se nutre de ideas diversas, nacionales unas, otras propiciadas por los autores franceses o ingleses. El propio Fernández de Lizardi es un producto cultural de la Ilustración.

EMU: ¿De qué forma la obra refleja el proceso revolucionario que México enfrentaba en ese momento?

R.B.: La novela se publicó en 1816, a la mitad de la lucha independentista. En ese momento, los criollos percibían a la literatura como un medio propicio para difundir sus ideas críticas y hacer frente al antiguo sistema colonial.

Así, El Periquillo tuvo en el momento de su aparición una misión específica, ya que su fin fue el de servir como instrumento educativo, antes de divertir, debía crear conciencia. La obra de Fernández de Lizardi responde a las exigencias de la época. México, centrado en su lucha por la independencia, necesita de un órgano que difunda las ideas del “hombre nuevo”, ese tipo social que ha de surgir de todo individuo para que la ruptura con las estructuras impuestas por una nación extranjera sean sustituidas verdaderamente. Es la época en que por primera vez se pregunta el mexicano acerca de sus orígenes, de sus valores auténticos, de su identidad.

El autor no se propone de antemano hacer una obra de arte; su interés va más encaminado hacia la presentación de los vicios y defectos del mexicano de clase baja frente a circunstancias adversas que le impiden alcanzar el nivel social de las clases privilegiadas. Al mismo tiempo, intenta exponer la ineficacia de las instituciones, la corrupción de sus dirigentes, la explotación en las clases altas.

Dado el carácter educativo de su obra, Fernández de Lizardi se deja oír a lo largo de la novela, emitiendo juicios, citando pasajes bíblicos y sentencias clásicas, amonestando. Esta pretensión pedagógica es la que hace que la novela diste de ser una gran obra porque cediendo a los impulsos moralizantes, el autor ha de interrumpir y entrometerse, privando a su personaje de la libertad. Paradójicamente, El Periquillo aporta a las letras un elemento fundamental: el rescate del lenguaje popular.

EMU: Este fue un aspecto que, en su tiempo, le generó al autor muchas críticas.

Las clases acomodadas de su tiempo lo acusaron de tener “mal gusto” por hablar del “peladaje” con sus propios términos. Para ellos, “la plebe” no era material digno de ser escrito porque su vida y circunstancias lejos de ofrecer deleite, ofendían a la “gente educada”. La realidad subyacente es que la defensa de la condición de vida de esas clases marginadas, y el estímulo para el cambio, constituían un peligro para las clases dominantes.

A pesar de las críticas, dicho lenguaje dotó a la novela de un realismo asombroso; asimismo, impulsó a los siguientes escritores a utilizar el habla como elemento de riqueza literaria, y terminó con el mito del academismo exacerbado como constitutivo de la “buena literatura”.

Dada la influencia francesa y alemana en las letras, tener “buen gusto” significaba aderezar la verdad con mentiras primorosas; llenarla de ambages y aderezos que le confirieran una suerte de exquisitez y finura al quitar de ella todo rastro de suciedad, crueldad o rudeza, elementos, por lo demás, inherentes al mundo del lumpen en particular, y a la naturaleza en general. Como el “buen gusto” era decisivo para considerar una obra de arte como tal, para esas clases la literatura, por ejemplo, se reducía a una suerte de barroquismo artificioso, imposibilitando la expresión auténtica y, obviamente, negando toda suerte de realismo. Criticar a Fernández de Lizardi era ponerse una venda muy gruesa ante los ojos por un lado; por otro, era luchar por la conservación de una postura hegemónica.

EMU: Retomando una de las ideas mencionadas con anterioridad, ¿podría decirse que la obra de Lizardi tiene, fundamentalmente, un objetivo educativo y moralizante?

R.B.: Las ideas de Fernández de Lizardi son, antes que otra cosa, dogmas pragmáticos, sentencias escritas para la acción. Utiliza varias técnicas para “enderezar” los vicios del proceder nacional: la sátira, quizá la más eficaz, preserva el interés a lo largo de la novela a través de la risa. No importa que la armonía constructiva se pierda en favor de la hilaridad, ya que esta, además de lograr que la obra sea leída hasta el final, es una de las críticas más efectivas.

La polémica es otro factor que contribuye a mantener la tensión, pese a que muchas veces los episodios no tengan solución de continuidad por la intromisión del mencionado factor. Sin embargo, el contraste de ambas situaciones, a la par que la intromisión de circunstancias paradisíacas en que se halla el hombre virtuoso, son ejemplos más vívidos para el lector, que cualquier sentencia admonitoria.

El “deber ser” queda inserto como ejemplo del idealismo progresista con que conviven las ideas de ilustrado de Fernández de Lizardi. La asimilación consiste en sintetizar las ideas extranjeras con que se han nutrido las colonias a la par de las que son producto de la tradición, bien sea que pertenezcan a costumbres autóctonas, bien que sean vestigios de ideas de un proceso anterior aún no superado. Estas formas románticas están apoyadas por factores intrínsecos a la manera de ser del mexicano: la fe en la bondad innata del hombre, el retorno a la naturaleza como solución de los problemas sociales y la creencia de que el conocimiento desemboca necesariamente en el “progreso”, entendido a la manera del siglo XIX europeo. En El Periquillo Sarniento están expuestas las contradicciones de las clases antagónicas, y en el personaje central se hallan larvados principios de ambas clases.

Fernández de Lizardi conjunta la razón y la ciencia al mismo tiempo que el cristianismo y la rebeldía o el sentimentalismo y la fe, y pretende terminar con las diferencias de clase. Al escribir su libro, piensa en el porvenir de México, entendido como una renovación incesante y fatal.

El hecho de que la novela gire en torno al ámbito de lo “bajos fondos” no implica de ningún modo que esta hubiera sido escrita para “educar” a las clases bajas. En todo caso, estas no estarían constituidas por el pueblo, porque su situación cultural no permitía este hecho. La mayoría era analfabeta y el acceso que tenía a la literatura, como es de suponerse, era poco menos que ninguno.

EMU: Entonces, ¿a quién estaba dirigida la novela originalmente?

El estrato criollo fue quien, pagando por adelantado, financió la primera y segunda ediciones de la obra. Se trataba de maestros, licenciados e intelectuales interesados en la reforma educativa, a sus ojos, factor indispensable para el entendimiento de la situación por la que el mexicano atravesaba.

En efecto, Fernández de Lizardi se refiere muy frecuentemente al aspecto escolar, formula iniciativas concretas para el mejoramiento de los estudios, subraya la necesidad de maestros con una visión crítica de los hechos y aboga por la multiplicación de planteles. De este modo puede verse que lo que verdaderamente importaba al escritor y a sus lectores eran las posibilidades de participación del criollo de clase media en la vida nacional. Ese criollo marginado, reprimido, desalentado porque —según queda plasmado en la novela— su pobreza hace que tenga que sufrir más en la miseria que los últimos infelices de la plebe. Un dato de importancia que viene a corroborar las anteriores afirmaciones, lo da el hecho de que el propio Fernández de Lizardi se ubica plenamente en esa clase social. Así, puede formularse la aseveración de que El Periquillo es una obra escrita por un criollo, destinada básicamente a la clase a que pertenece.

EMU: ¿Qué tanto hay de autobiográfico en esta obra?

Es difícil separar la vida de la obra de un autor. Fernández de Lizardi constituye ese tipo de escritor en el que cada línea se halla ligada estrechamente con su vida. Detrás de lo escrito, el lector suele percibir la intención particular, esa fuerza vital en que se incluye la pasión aun a costa de la perfección formal, de la limpieza en el estilo.

Pese a que todo síntoma de romanticismo está supeditado a la intención didáctica, hay rasgos tratados al modo peculiar en que Fernández de Lizardi entendía, pongamos por caso, la responsabilidad cristiana del criollo; los valores judeo-cristianos de la caridad, de la bondad innata del hombre. Esta “traición” que hace a la objetividad quizá se deba a su condición de clase, por la que al mismo tiempo en que hiere su dignidad, le confiere la necesidad de heroísmo: “¡Cuántas familias de regular nacimiento y de una educación honrada perecen escondidas en unas habitaciones miserables, sin tener ni el infeliz recurso de manifestar sus indigencias!”

La conciencia de clase del autor se hace patente a lo largo de su obra. En El Periquillo Sarniento es obsesión constante el hacer patente la situación de desarraigo social del criollo. Este desarraigo genera una única respuesta, producto del ninguneo de que ha sido víctima y, ahora sí, delegando todo remedio providencial: el criollo ha de lanzarse a la tribuna pública y formular su acusación; la solución se encuentra en la praxis, y en el trasfondo se deja ver una actitud paternalista y humanitaria: la redención de su pueblo; la justificación a su rebeldía está en su ideal que es “salvar a la patria”.

La participación de los criollos fue pues, decisiva en la consolidación del sentimiento de nacionalidad. Los tópicos fundamentales para dicha tarea fueron el sentimentalismo y el moralismo, junto con la proposición didáctica. A tan ambiciosa empresa: sacar al país de su atraso e ignorancia, liberarlo de toda idea extranjera e instarlo a la búsqueda de la identidad nacional, se oponía la reacción en el poder. Esta, basada en la legalidad, decretaba la libertad de imprenta y luego delimitaba los alcances a que se podía llegar. Fernández de Lizardi es el modelo de escritor que sufre en carne propia la crítica, la censura y la prisión.

EMU: ¿Cuál es, en resumen, el legado de Lizardi?

El Pensador no dejaría de escribir hasta el final de sus días, a pesar de haber sufrido persecución política y haber pagado con cárcel sus ideas políticas. Nos dejó como legado una vasta obra compuesta por cuatro novelas, un compendio de fábulas, varias piezas dramáticas y pastorelas, cuatro calendarios, seis periódicos, más de diez folletos, dos volúmenes de diálogos y cerca de trescientos pliegos de prosa y miscelánea poética, para cuya impresión si vio precisado, incluso, a comprar su propia imprenta, a fin de sortear las dificultades de publicación y la censura de la época.

Nos legó una prosa que si bien no es estilísticamente perfecta (dada su tendencia al abuso de adjetivos y lugares comunes, así como a dejar cabos sueltos en las tramas), sí desempeñó un papel decisivo en la difusión de los valores e ideas de la insurgencia. La obra de Lizardi dio voz, además, al pueblo bajo, aquel que por su vida cruda, atentaba contra los refinamientos de la sociedad novohispana y contra la hermosura de la “buena literatura”.

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